martes, 17 de mayo de 2011

El día que me ganó una mujer



Por: Alonso Cockburn Alva.

Tiritando de frío, mordiéndome las uñas de mis pequeños y arrugados dedos que remaron fuerte y parejo para llegar a la final, me encontraba entre la multitud esperando frente al estrado el resultado final de la serie.

Era  febrero del 95 en Pacasmayo. Tenía apenas 9 años y como todos los veranos esperaba ansioso el campeonato de body board que organizaba el club y en el que participaba junto a todos mis amigos de la categoría. En ese tiempo solía ser anfibio, desde que despegaba el ojo lo primero que pensaba era en ir al mar, el gran parque de diversiones frente a casa con el que contábamos los afortunados niños que vivíamos en ese maravilloso puerto.
De izq. a derecha: Claudia, Alejandra, el chino Javier, Ernesto, yo, Bianca, Alessandra, Maria fe y Mariana. Atrás: Otto.

Recuerdo que éramos un grupo grande  entre mujeres y hombres a quienes nos encantaba ir desde tempranito a disfrutar de las olas y aunque la mayoría lo hacía con el fin de divertirse, yo siempre intentaba ser el mejor. Entre los que más destacaban en ese grupo estaba “el chino”, el que escribe y Claudia, sí una mujer.
La competencia se basaba en el tiempo que podías permancer parado sobre la ola, a pesar de usar una ‘morey’, nosotros la utilizábamos como tablas. Cuando eres pequeño exageras las cosas, yo alucinaba que corría inmensos olones pero la verdad, viendo la escena desde mi perspectiva actual, aquellas olas no superaban el metro de altura, en fin ese es otro tema.
Nuestra categoría ‘junior’ era una especie de preliminar para la de los mayores. A pesar de no realizar maniobras radicales, o de bajar grandes olas, teníamos un gran público pendiente de lo que sucedía en el mar.  La competencia se inició desd muy temprano, el grupo se dividió en 2, en mi serie estábamos el “chino”, mi primo Ernesto, Alejandra y yo. La otra serie era únicamente de mujeres. De cada una solo pasaba uno y directo a la final.
Luego de correr por más de 20 minutos terminó mi serie y desde antes ya sabía que iba a clasificar, lo sentía por la cantidad de olas que supe correr y así fue, vimos los resultados en la pizarra y estaba dentro de la final, lo más difícil ya había sido superado, ahora tocaría enfrentar a una niña.
De la otra serie la ganadora fue Claudia, me sentí tranquilo porque jamás me iba dejar ganar por una mujer (a esa edad era pecado mortal que una mujer te supere hasta en el yan ken po). El momento de la verdad había llegado, dos piojos se disputarían por 20 minutos el campeonato. Mi honor estaba en juego.

La primera ola la agarró claudia, que con una destreza innata supo llegar hasta la orilla impactando a los jueces. Yo pacientemente esperé por mi ola, ésta llegó, era una doble ola la que según yo me daría el título. La remé con fuerza, me paré y a los pocos metros me caí, no lo podía creer. Seguimos palmo a palmo disputando las olas, yo quería ganar como sea y a ella se le notaba relajadaza, me empezaba a poner nervioso de tan sólo pensar que podía ganarme una mujer.
El resto de la serie transcurrió con normalidad, resaltando que fue Claudia quien nunca se cayó de la morey. La chicharra avisó que la serie había terminado. A la orilla se encontraban mis amigos que me recibían dándome el aliento necesario, en la otra esquina, las chicas hacían lo mismo con su competidora, una guerra de géneros se estaba librando.
A pesar de haber caído en una oportunidad tenía la plena confianza de ganarle por habilidad y además porque un tío mío, surfer también, se encontraba de juez y tal vez me daría una mano.
Tiritando de frío, mordiéndome las uñas de mis pequeños y arrugados dedos que remaron fuerte y parejo para llegar a la final, me encontraba entre la multitud esperando frente al estrado el resultado final de la serie. “Y en la categoría junior, segundo lugar… (mariposas en el estómago de por medio) Alonso Cockburn”. No lo podía creer, mi honor había sido pisoteado, magullado mientras las mujeres abrazaban a Claudia, nos sacaban pica, las fotos eran para ellas.
Sin pena ni gloria decidí retirarme del lugar de manera caleta, lo más gracioso fue que entré nuevamente al mar para seguir corriendo. Una vez dentro me corrí las mejores olas del día, no gané nada pero aprendí una lección: si uno se divierte haciendo lo que más le gusta, de todas maneras lo hará bien. Yo me presioné y perdí, ella sonrió y ganó. Sí me ganó una mujer.

lunes, 16 de mayo de 2011

Triste Alegría

Por: Marco Escudero Carranza
El reloj marcada las ocho de la noche de un 13 de agosto 1997. Las calles estaban vacías. La gente estaba esperanzada de lo que iba a suceder en aquella final de Copa Libertadores en Brasil entre Cruzeiro y Cristal.
Ese día nos sentamos en un mueble mi padre y yo. Esperando la antesala del partido. Justo horas antes, nos habían puesto Cable Mágico, que en ese tiempo, era lo último en televisión. El partido lo pasaban en el 13 como en el canal 22. Mientras mis hermanos estaban en el cuarto viendo otra cosa que no sea fútbol. Los dos estábamos más nerviosos, pero más mí padre siendo él hincha de Alianza Lima. Yo con nueve años de edad, no veía el fútbol como ahora lo observo. Si esta final hubiera sido mañana, estaría como loco rondando por mi casa.
Mis manos estaban frías de los pocos nervios que sentía. Renegando, aplaudiendo, aconsejando a mi equipo por una pantalla de televisión a que juegue bien. En el minuto 25’  del partido me paré del mueble. Estaba a punto de gritar gol, pero Julinho no me dejó gritarlo. Falló un gol solo y claro en el arco de Dida. Era el gol de la consagración.
Acaba el primer tiempo. Mi viejo me invita una gaseosa y me dice: “ese partido lo ganamos. Como me arrepiento de ser de Alianza, hijo”. Era el hincha más celeste en ese entonces. Pero llegó el momento más triste, más duro para todo el hincha celeste. Es, quizás, el gol que más hizo sufrir a un fanático bajopontino. Elivelton fue el causante de esa herida que hasta ahora no se cierra en cada mente y corazón cervecero. Mis ojos estaban con bordes de lágrimas. Mi padre me veía con una cara  de tristeza. No lo podíamos creer.
Acaba el partido. Nos quedamos mudos, pero felices por una parte por ver a un equipo peruano en una final de Copa Libertadores. Cristal cayó de pie. Me sentí orgulloso de mi equipo y de mi mismo. Una final que hasta ahora no lo olvido y jamás lo olvidaré.  




Escape a la Victoria

Por: Leonardo Alfaro Altamirano

Llanto de felicidad. Lágrimas que me hicieron entender mejor un sentimieto que de niño implanté en mi corazón. No fue la primera vez que fui a ver a mi Alianza Lima, pero esa vez viví algo que nunca en mis 13 años de aquel entonces había experimentado. La definición del campeonato nacional del año 2003 se realizó el 31 de enero del año siguiente. Eran el campeón del apertura (Sporting Cristal) contra el del clausura (Alianza Lima).

Mi primo pertenecía a la barra llamada "Paroxismo" de San Martín de Porres.Yo quería ir con esta al estadio, vivir lo que él ya comprendía muy bien. Muchas veces me había escapado de mi casa, me iba con amigos del barrio a ver los partidos del "equipo del pueblo". Pero ninguno como aquella vez. Recuerdo que caminamos desde el estadio nacional hacia la calle de "Mendoza". Lugar en el que se concentraba el "Comando Sur". Se cantó, saltó y gritó. Fue una fiesta. Ese día me escapé, diciendo que iría a jugar fútbol. Mi madre ignoraba que ese día era la final entre Alianza Lima y Sporting Cristal. Antes de hacer las colas para ingresar al estadio, mi primo, sus amigos de la barra y yo fuimos a pedir entradas a un tipo grande, fornido y calvo.  Luego entramos al estadio y nos ubicamos casi en el medio. Era un frenesí incomparable. No paraba de cantar, de saltar, de maldecir a los jugadores del Sporting Cristal. Los del Rímac anotaron el primer gol, Jorge Soto fue quien marcó. Pero Roberto Silva igualó el marcador tras pase de Jefferson Farfán. Ese gol grité con todas mis fuerzas, mientras sentía como una avalancha humana caía.

En el tiempo suplementario, mi garganta estaba que me dolía. La voz me cambió pero aun quedaba un grito más. Farfán anotó de cabeza y se fue a celebrar con la tribuna en la que yo estaba. Eso fue lo que más recuerdo. Acabó el partido y toda la tribuna sur saltaba, los jugadores fueron a celebrar con el "Comando Sur" y yo lloraba de emoción o quizá por la paliza que me daría en casa.

El verde de Matute..

Por Fabrizzio Zuñiga


Imagen referencial, Es una que, de
alguna manera, va con el relato.
A medida que me iba acercando veía poco a poco el verde. Escuchaba como el comando sur iba calentando la garganta, la fiesta estaba por empezar.

Según toda mi familia, hasta los 7 años, yo era "hincha" de Universitario de Deportes. Mi madre es crema, mi tío, mis primos, mis tías, mi abuelo también lo era. Según cuentan, la familia por parte de mi madre, es una de las que en su tiempo fundaron una de las primeras barras de oriente. Incluso fui varias veces al estadio. Intenté lo más que pude, pero no recordé nada de esa época.

Un fin de semana, me quede en la casa de mis abuelos. Mis padres iban a Francia, a tomar unas merecidas vacaciones de mí. Las dos semanas que me quede en la casa de mis abuelos cambiaría lo que pensaba con respecto a ser un hincha.

Mi abuela era la persona más blanquiazul que podía haber sobre la tierra. En sus tiempos mozos solía ir al estadio a dejar la garganta alentando a los grones. El primer fin de semana, fiel a su estilo no podía dejar de ver a su Alianza.
 
América Televisión pasaba los partidos del equipo de la victoria. Algo no dejaba que ella Viera tranquila su partido. Su primer nieto varón era hincha de la U. Ella no dejaría que la situación continuara de esa manera. Me compro dulces y demás cosas en el medio tiempo para que viera la segunda mitad del partido junto a ella. A los 10 minutos de comenzado el segundo tiempo, un penal en contra de Alianza me haría ver, lo cabalística que podía ser mi abuela.

Me hizo cruzar los dedos y desear con todas mis fuerzas que la pelota no entrara al arco blanquiazul. Ya me había comprado caramelos y boliquesos, como negarse a tan simple pedido. Así lo hice, mientras veía como el tirador corría hacia el balón e impactaba la pelota con descomunal potencia.

Un grito me dejo sordo, un abrazo me dejo sin aire. Había fallado el penal y el marcador seguía 0 a 0. Me hizo sentir bien saber que había contribuido a que de alguna manera la pelota se vaya al cielo y que mi abuela este contenta por eso. Lamentablemente Alianza termino empatando o perdiendo, lo supongo porque mi abuela no estaba de buen humor al término del partido. Mi lonche fue un vaso de quaker hecho sin amor y un pan con margarina (la cual odio)

En un ataque de cariño me abrazo y me dijo "la próxima semana todo será alegría, ya verás"

Pasó la semana y sin darme cuenta, era sábado. "Vamos”  - alcance  a oír – “prepárate que nos vamos al estadio”.

No puedo negar que me pareció una idea como cualquier otra, ni buena, ni mala.

En el camino me iba diciendo que no si no salía convertido en blanquiazul de ese estadio dejaría de ser mi abuela. Pensé en lo terrible que podía ser eso y me puse triste.

No recuerdo como, pero ya estábamos adentro y caminábamos con rumbo hacia la tribuna de occidente. Un montón de gente con polos a rayas azules iba hacia la misma luz hacia la que nos dirigíamos nosotros.  Y así poco a poco la luz comenzó a convertirse en verde.

Tenía el campo del Estadio de Matute frente a mis ojos por primera vez. Fue mucha la información que recibí. Canticos y gritos de mucha gente, y visualmente todo era increíble.

No recuerdo el trámite del partido, pero un gol de Alianza hizo que mi abuela me abrazara a más no poder, un señor se agacho hacia mí y me grito “gol” en la cara. Me cogió la cabeza y me despeino cual tío a su sobrino. Era demasiada la alegría que me contagie y grite también.  Estaba demasiado feliz, era una sensación increíble, era la primera vez que gritaba junto con un conjunto de personas por una misma causa. Fue como sentir tu grito multiplicado por cien.

Tampoco recuerdo como quedó el partido. Lo que recuerdo es que en ese instante decidí ser hincha blanquiazul. Fue una de las primeras decisiones trascendentales que tome en mi vida y no me arrepiento ni un segundo de haberla tomado.

Llegando a casa le dije a mi abuela que sería Aliancista de corazón por el resto de mi vida.

Van 14 años y jamás pensé en romper aquella promesa que le hice a mi abuela que, desde el cielo, seguro sigue viendo los partidos de su Alianza Lima.

Al lado de un Grande



Muchas personas no valoran lo que significo Teófilo "el Nene" Cubillas en la historia del fútbol peruano. No es poco lo que hizo, jugó tres Mundiales con la blanquirroja, marcó el gol de tiro libre más espectacular que haya visto en mi vida y, como si fuera poco, se ubica entre los ocho mejores goleadores de la historia de los Mundiales. Yo tuve la oportunidad de conocerlo. Un sueño cumplido.

Corría el año 1996 y Coca Cola organizó un evento. Tenías que juntar tus chapitas y enviar un sobre para así entrar a un sorteo en el que solo pocos entrarían a la Academia Coca Cola, donde los afortunados iban a ser dirigido por Cubillas y otros técnicos reconocidos por toda una semana.

Para mi suerte no tuve que juntar ninguna chapita, mi tío fue escogido por Cubillas para que sea uno de los técnicos que lo acompañen. Es así que junto a mis tres primos entramos a ser parte del grupo selecto de niños que participarían en este irrepetible evento.

Fue una semana mágica, me despertaba todas las mañanas feliz a ir a entrenar, me ponía mi uniforme e iba hasta la Videna acompañado por mi madre, con la mayor ilusión del mundo. Al término de cada entrenamiento me iba satisfecho de haber aprendido algo nuevo cada día. Los profesores no solo se dedicaban a mejorar tus habilidades futbolísticas, sino que te daban consejos para la vida misma.

El día de la clausura "el Nene" te regalaba tu pelota junto a tu diploma, pero lo que más esperaban los pequeños era el momento de la foto. Cuando llegó mi turno me embargo una emoción indescriptible, pues a pesar de que nunca lo vi jugar, es y siempre será una leyenda histórica del fútbol.

Siempre quedará en mi memoria esta grata experiencia. A parte de aprender algunos secretos del fútbol, conocí al más grande jugador peruano de la historia, hice muchos amigos, compartí momentos agradables con mis primos y tomé mucha Coca Cola gratis.

domingo, 15 de mayo de 2011

4 al hilo a los 9 años.


Por: Diego Landa
Corría el año 2000 y por mí solo habían pasado 9 años y un poco más. Me crié con el pensamiento deportivo, podía ver desde fútbol hasta baseball y me quedaba pegado frente al televisor. Era, fui y seré hincha de la U, así es, del glorioso equipo crema, el de la garra y pundonor. Tenía que llegar la primera vez del clásico en el estadio y llegó ese día. El día primero de noviembre del 2000, en la tarde se enfrentaría mi equipo frente al rival de siempre, al que nunca alentaría en la vida, del que nunca gritaría un.gol, así sea en Libertadores. Agarré mi camiseta (en esa época con Cusqueña y Aero Continente).

La emoción de ir al estadio siempre está, siempre es como la primera vez, ¿Cómo quedará mi equipo? y llegó el momento de ir al estadio, me situé con mi papá y mi hermano en oriente alto, para unos años después comenzar a alentar a la U desde la tribuna norte. Empezó el partido, todo era algarabía y tuvo que llegar el primer gol, tal vez uno de los goles que más recuerde. El gol de Grondona inundaba el grito de 9 años que por primera vez iba a un clásico, por primera vez iba a un evento deportivo tan importante. El gran "puma" Carranza metiendo un pase increible para que Grondona la baje como un grande, como lo que es y solo con una caricia ponerla al lado  del arquero blanquiazul y con ese gol comenzamos la jornada deportiva.  Y llegó el segundo golazo, tenía que aparecer Esidio, el elegido por Dios para poner el 2 a 0 frente a Alianza con un zapatazo en un tiro libre.

El tercero no se hizo esperar mucho y llegó el zorro y puso la Z en la espalda (por no decir otra cosa) en la espalda de los aliancistas para poner con 3 dedos el tercero del encuentro, el tercero del equipo crema, la alegría que salía de mí era la felicidad de 9 años juntos saliendo en 90 minutos. . Al final me parece (no quiero recordar) que nos descontaron, pero fue flor de 2 minutos. El partido terminó 4 a 1, el partido que marcaría mi hinchaje con la U, el partido que marcaría mis 9 años.

Aquí el mejor gol del encuentro





martes, 3 de mayo de 2011

Como Pedro en Wembley: Barcelona eliminó al Real Madrid y está en la final de Champions

                                          Foto: espndeportes.com

Por: Alfredo Tirado

Empató en su casa y ahora está en su hogar: la final. El Barcelona empató 1-1 con el Real Madrid en el Camp Nou y aseguró su pase al a final de la Champions League, tras un ida y vuelta ante los blancos que dejó solo un clasificado: el mejor equipo del mundo.

No se sabía cómo jugarían los merengues en el último de cuatro enuentros ante sus clásicos rivales. Era el partido más importante de la serie de derbis que definiría el primer competidor de la final de Wembley. El Real partió en el tren en busca de la ansiada clasificación con once boletos comprados: uno fue dado a Kaká. El jugador brasileño arrancó el partido con la intención de Mourinho de que haga algo diiferente para superar la defensa blaugrana. Sus compañeros presionaron más que en los encuentros anteriores pero el resultado fue nulo: es que la zaga del Barza es sin duda una de las más impenetrables del planeta.

El Barcelona salió a jugar como siempre: excelente. Toques, paredes y más de una llegada pudieron hacer que campeón español goleara al cuadro de 'Mou', pero el portero Casillas sacó más de tres pelotas de gol al Barza que daban esperanzas a los hinchas blancos. Y como el que lo busca lo encuentra, el gol del Barcelona llegó con un delicado y veloz pase de Iniesta. Fue fue la llave del portón blanco para que Pedro entre como en su casa y resuelva con tres pasos simples: control, disparo de zurda y a celebrar. Finalmente, el Barza derrumbaba la muralla española (Casillas) y el mundo podía esperar que vengan más goles: los catalanes tenían que soltarse.

Pero los españoles tienen furia. En este caso, la furia blanca (no roja) sacó de su arsenal una arremetida de Marcelo que culminó gon gol de Di María -a punta de esfuerzo- y ahí se cerró el resultado. No había para más goles, quizás sí para tarjedas: Marcelo y Carvalho pudieron irse antes del pitazo final por una entrada peligrosa y repetición de faltas, respectivamente.

Como el Madrid no podía acercarse otra vez al arco de Valdés, salió Kaká para que ingrese Ozil. La ofensiva merengue no mejoró mucho y siguió igual cuando ingresó Adebayor. En cambio, el Barza continuó su acecho ante Casillas que pedía a su compañeros luchar por dos goles más (si Real ganaba 3-1 clasificaba).

La sorpresa no sucedió. Real dejó el registro en uno y el Barza avanzó a la etapa donde siempre debería estar por toda la eternidad: la final de la Champions. El equipo de Guardiola lleva una copa alzada y su sitio está en ese evento tan importante que lo tendrá a la vista de todo el planeta, en la lucha por más copas para lograr marcas nunca antes logradas. Es su casa, es su final, es su torneo. Ahora, a esperar el próximo partido entre Manchester United y Schalke 04. El que pase verá como lo enfrenta.